Mi humilde petición

Sería de agradecer que cada cual deje sus comentarios en la entrada que crea oportuna...tanto los buenos como los no tan buenos. Así puedo hacerme una idea de cómo mejorar y en qué aspectos :)

lunes, 25 de marzo de 2013

LA GUERRA EN LA NIEBLA XII


Los dos duendes volvieron a mirarse; esta vez, con preocupación. Se mantuvieron en esa posición durante unos segundos, los ojos de uno fijos en los de la otra, completamente ajenos a las bestias que ya empezaban a salir de la cueva, sin haberse fijado en ellos. Tras un instante de silencio, ambos asintieron y se dieron la espalda.
“¿Estás seguro?”, preguntó ella a la par que avanzaba, separándose de su compañero.
“¿Hay alguna otra forma?”, preguntó él a su vez, cuando ella volvía a introducirse por la estrecha abertura en la roca. “Estaré bien, más diversión para mí”.
Ella supo, aunque no podía verle la cara, que le había guiñado un ojo, burlón. Dumbaria, preocupada por la suerte que podría correr su compañero, salió de la cueva por donde había entrado, dejando a su amigo dentro, completamente solo. Los orcos y los trasgos estaban aún saliendo de la cueva, en filas de tres, pues el ancho no permitía más que eso.
“Ten cuidado”, le llegó desde el interior de la cueva.
“Tú también”, pensó ella, preocupada, aunque sabía que podría apañárselas solo.
Reprimiendo sus instintos, Dumbaria se alejó de sus enemigos, separándose de la montaña y acercándose al borde del fiordo, y empezó a correr más rápido incluso de lo que había corrido para llegar a aquel lugar, pero igual de silenciosa.
En menos tiempo de lo que había previsto, llegó a donde aún se desarrollaba la batalla, cruel y encarnizada. La hierba, así como algunos árboles, estaban carbonizados; algunas dríades que no habían tenido tiempo de huir de las llamas yacían muertas entre los restos de lo que un día fueron árboles enormes. “Al menos,”, pensó, “el fuego ha cesado, que es lo más importante”.

LA GUERRA EN LA NIEBLA XI


Apenas unos minutos después de haber partido, Dumbaria y Jyles llegaron a su destino. A la par, ambos aminoraron la marcha para evitar ser oídos, pues ellos sí oían el alboroto que procedía del lugar. Al parecer, los orcos y trasgos sí tenían un plan B, y lo tenían ante sí.
El escondite donde se encontraba la retaguardia de sus enemigos era una cueva oculta tras los árboles, escavada en los riscos más internos del fiordo; a pesar de que la entrada no era más grande que un dragón  joven agachado, su interior era enorme, adentrándose a lo largo de toda la montaña, por lo que no podían saber la cantidad de orcos y trasgos que quedaban dentro. Adentrarse en aquél lugar en ese momento les supondría una muerte segura, pues serían vistos de inmediato; sin embargo, los dos duendes conocían otra entrada cercana a aquella, que probablemente el enemigo desconocería, ya que estaba muy bien camuflada, y que les permitiría adentrarse en la cueva sin ser vistos.
Si hacían caso de su instinto y del ruido que se oía dentro de la cueva, las tropas estaban a punto de salir hacia el campo de batalla. No había tiempo que perder.
Haciendo caso omiso al ruido que provenía de la entrada de la cueva, siguieron caminando unos metros más, sin separarse del borde de la montaña. Pronto encontraron la fina abertura en la roca que los conduciría al interior de la cueva, una abertura apenas más ancha que una simple grieta; se encontraba tras una pequeña cascada, y permitiría el paso de los dos duendes de lado.
El primero en introducirse por la abertura fue Jyles, y Dumbaria entró pisándoles los talones. Anduvieron a lo largo de todo el ancho de la pared rocosa, con la espalda y la barriga pegadas a la fría piedra, y avanzando tan rápido como el estrecho pasaje lo permitía. Los gritos de los orcos y trasgos rezagados se oían cada  vez más fuertes y alborotados. Llegaron al interior de la cueva.
Antes de salir a la enorme cavidad que ofrecía la montaña, Jyles inspeccionó, desde su escondiste entre las grietas, el interior de la cueva.
“¿En serio?”, sonó la voz del duende en la cabeza de Dumbaria. Su tono sonaba a la vez sorprendido y socarrón, como si estuviese haciendo un gran esfuerzo por contener la risa dentro de aquella grieta. “Sabía que los orcos y trasgos eran a cada cual más inútil, pero jamás pensé que llegarían a tanto”.
“¿Por qué? ¿Qué pasa?”, preguntó ella, intrigada y un poco desesperada.
“Compruébalo tú misma”, le respondió él mientras salía sin reparo alguno de su escondite.
Tras el susto inicial al ver a su compañero adentrarse en una cueva llena de enemigos ruidosos, Dumbaria se asomó al espacio abierto que había dejado Jyles al salir.
Tras un momento de desconcierto, Dumbaria cerró la boca (que no recordaba haber abierto), y echó un vistazo a la totalidad de la cueva. Como Jyles, ella también se alejó de la protección que le brindaba la grieta, y se adentró sin reparo alguno en la cueva hasta colocarse junto a su compañero.
“¿En serio?”, repitió, incrédula, las palabras de su compañero, reprimiendo una carcajada, para lo cual tuvo que llevarse las manos a la boca.
El suelo  de la cueva estaba abarrotado de cuerpos inertes, cerca de un centenar. Otro centenar (de hecho bastantes menos) se arremolinaba ruidosamente frente a la entrada que ellos habían dejado atrás, dispuestos a salir, ya en formación. Por suerte, no quedaba ninguno de aquellos animales peludos.
Al parecer, durante la espera, había surgido una discusión que había dividido al grupo de orcos y trasgos en dos posiciones opuestas. Probablemente, la disputa había llegado a un punto tan acalorado que ambos bandos habían comenzado a pelear a muerte, hasta que uno de los grupos cayó muerto, o hasta que un trasgo u orco algo más avispado hubiese decidido que era hora de parar de pelear y prepararse para la marcha. Los dos duendes se inclinaban a pensar que se trataba de la primera opción, y probablemente no anduviesen demasiado desencaminados.
Jyles miró a Dumbaria con la risa pintada en la cara. “¡Nos han hecho la mitad del trabajo! No me lo puedo creer”, dijo ella, aún incrédula e intentando aguantar la risa. “No sólo se han matado entre ellos hasta quedar reducidos a menos de la mitad, sino que además los que quedan están cansados y heridos”.
Al parecer, habían subestimado la capacidad estratega de sus adversarios, pero no su inteligencia.
Los dos duendes sabían que, de haber  evitado la pelea entre ellos, habrían tenido grandes problemas para reducirlos entre los dos solos; es más, de no haber caído en la cuenta de que podían quedar orcos y trasgos escondidos, probablemente habrían perdido la guerra por agotamiento…pero aquella pelea entre ellos lo cambiaba todo.
En ese momento, un aviso de socorro sonó en sus mentes: los soldados de tierra estaban teniendo problemas para mantener a raya a los enemigos, pues algunos de los lagartos alados que habían caído, desesperados al verse acorralados, habían empezado a lanzar llamaradas que pronto prendieron varios árboles, y el fuego se extendía rápidamente. Algunas de las náyades que habían sobrevivido gracias a la emboscada que les habían tendido a las sirenas salieron del agua para extinguir las llamas, pero el tiempo que podían estar fuera del agua era muy escaso, y la cantidad de agua que podían llevar consigo para apagar el fuego, insuficiente.

LA GUERRA EN LA NIEBLA X


Los dos duendes corrían hombro con hombro; saltaban entre los árboles y cruzaban ríos sin hacer el menor ruido, apoyándose el uno en el otro sin necesidad de parar o usar palabras (o pensamientos), como si de una coreografía mil veces ensayada se tratase. Tan coordinados eran sus movimientos, que cuando la carrera no era del uno junto al otro, cualquiera hubiera podido pensar que se trataba de un solo cuerpo, una sola mente guiando los movimientos de los dos, como cuando una pierna espera a que la otra esté totalmente apoyada para comenzar a levantarse al caminar.
De vez en cuando les llegaban informes de sus tropas. Los dragones ganaban terreno gracias a la ventaja que les proporcionaba el punto ciego de los lagartos, y habían conseguido proteger a las hadas; ya solo quedaban unos pocos lagartos alados, y los tenían bajo control.
En el agua, las náyades iban cayendo frente a las sirenas que las superaban en número en una proporción de tres a una, por lo que tuvieron replegarse tras las rocas, en las cuevas y refugios que éstas ofrecían.
En tierra, la batalla estaba muy igualada; aunque los superaban ligeramente en número y fuerza, los elfos les proporcionaban una inestimable ventaja con sus flechas, ya que muy rara vez fallaban un blanco; los trolls, gracias a su resistencia física y a su dura piel, a pesar de sus heridas, conseguían mantenerse en pie y seguir luchando junto a los duendes, que conseguían mantenerse vivos gracias a su agilidad y pericia; las dríades, por su parte, apenas habían reducido su número gracias a su capacidad para camuflarse en los árboles y luchar desde allí usando sus lanzas. Y los silfos, a pesar de haber quedado muy reducidos, habían conseguido mantener a salvo a las hadas más jóvenes, aunque a duras penas.
Así pues, sin detener la marcha y sin dudar ni un segundo de los movimientos que tenían que hacer para continuar el avance, ellos les enviaban nuevas órdenes y estrategias de ataque para ayudarles a ganar tiempo y terreno.
A los dragones y sus jinetes, Jyles les mandó ánimos para que siguiesen con el ataque, pues tenían las de ganar; les ordenó que centrasen sus esfuerzos, casi al completo, en la protección de los coros de hadas, pero que un grupo de al menos diez dragones debía encargarse de atacar a los lagartos más cercanos y sanos, siempre en grupo para asegurarse la victoria; además, al menos uno de los dragones jóvenes heridos y otro de los adultos, también de los más heridos, debían bajar a tierra para ayudar a exterminar a los lagartos que quedasen vivos. Al estar en tierra, aunque siguiesen luchando, podrían recuperar parte de su salud, aunque más lentamente de lo que lo hacían las criaturas más pequeñas.
A las náyades, fue Dumbaria la que les dio una nueva estrategia de ataque, indicándoles la mejor manera de tenderles una emboscada a las sirenas sin salir de las cuevas que las protegían; muchas de ellas perecerían en el intento, pero derrotarían a las sirenas, y la mayoría de ellas quedaría a salvo. Les ordenó que secuestrasen y retuviesen a las que quedasen vivas bajo estricta vigilancia, asegurándose de que no pudieran escapar, dejándolas inconscientes si lo consideraban necesario.
Entre los dos reorganizaron a las tropas de tierra para hacer sus ataques más efectivos. Los trolls que portaban hachas debían dividirse en tres grupos: uno  seguiría atacando a las criaturas peludas que quedasen, otro debía ayudar a los silfos en su tarea de protección de las hadas, y el último debía ayudar  a los dragones a derrotar a los lagartos alados que habían caído, pues seguían lanzando llamaradas de fuego, y los dragones no daban abasto para apagarlas todas.
Los trolls armados con onzas y piedras debían atacar, sobre todo, a los enemigos que estuviesen luchando contra los duendes y las dríades, siendo su función ahora la misma que la de los elfos: hacer diana en sus blancos para desestabilizarlos y distraerlos lo máximo posible, de manera que sus compañeros pudiesen aprovechar esa ventaja para atacar más duramente. Si tenían ocasión, debían poner sus piedras a disposición de los silfos que se viesen en apuros.
Los duendes y las dríades, por supuesto, debían seguir luchando cuerpo a cuerpo.
La lucha ya duraba más de una hora, y todos empezaban a sentirse cansados, pero nadie pensó ni por un instante en dejar de pelear. Las tropas enemigas caían agotadas, sin poder renovar sus energías; además, sus armas eran más pesadas, y sus ataques requerían de un mayor esfuerzo físico. Las tropas de Dumbaria y Jyles, a pesar de poder renovarse, lo hacían muy lentamente, por lo que el esfuerzo era muy superior a lo que recuperaban; aun así, estaban menos cansados que sus enemigos, y la confianza que les habían transmitido los dos duendes sobre el desarrollo de la batalla desde que habían partido los animaba a seguir luchando dando lo mejor de sí mismos.

LA GUERRA EN LA NIEBLA IX


Apenas llevaban unos minutos de intensa lucha, y el campo de batalla ya estaba cubierto de sangre, soldados heridos y cuerpos sin vida. Por doquier se veían pequeños focos de fuego provocados por los lagartos en su afán por dañar en lo posible a las tropas de a pie de Dumbaria, e incluso a los elfos, ya que éstos aún no habían sufrido ninguna baja. Los dragones, siendo los únicos con el cuerpo suficientemente grande y, por supuesto, los únicos capaces de tolerar el fuego, entre dentelladas y zarpazos, cada vez que encontraban oportunidad, dejaban caer sus cuerpos contra los focos localizados de fuego, apagándolo para evitar que éste se extendiese y descontrolase.
Eran muy pocas las criaturas peludas que quedaban vivas, y la gran mayoría de ellas no podían seguir luchando, pues las hachas de los trolls habían cercenado los músculos de sus fuertes patas. Considerándolas un peligro menor, los trolls se centraron en los trasgos y orcos que los acechaban, y en seguir cortando las patas  de los enormes cuadrúpedos que aún podían embestir contra ellos.
La quietud del amanecer había sido sustituida por el ruido de las garras al chocar con las escamas del adversario, la música de las espadas al encontrarse, los gritos de los que eran atravesados por flechas, espadas y hachas, de los que eran apedreados, o simplemente estaban heridos.
Las aguas se habían convertido en turbulentos remolinos, agitadas como si una terrible tormenta las azotase; el cristalino de su superficie se había tornado sucio por la tierra, rojo por la sangre.
Enormes cuerpos alados, tanto negros como coloridos, caían del cielo en rápida sucesión entre desgarradores gritos de dolor y muerte.
La hierba, que tan verde y resistente había amanecido, estaba ahora pisoteada, rota y mustia bajo el peso de los cuerpos caídos. Los árboles se agitaban incómodos con cada salto de las dríades, y se mantenían heroicamente erguidos tras las embestidas de los trasgos y orcos en su afán por hacerlas caer a ellas.
Sólo el cántico de las hadas seguía imperturbable, mudo, perceptible sólo entre ellas. Cuando una de ellas caía, presa de los colmillos o el fuego de algún lagarto alado, el coro volvía a cerrarse inmediatamente, sin demora, para evitar brechas en el hechizo. Se sentían agotadas a pesar de recibir sin descanso la energía que les mandaban las hadas más jóvenes: esa energía no era suficiente, y menos desde que el escudo que formaban los silfos dejó de ser suficiente para protegerlas; sin embargo, no cesaban en su cántico.
A pesar de que la lucha seguía siendo encarnizada y no daba tregua, Dumbaria y Jyles notaron que el número de enemigos contra los que ellos dos peleaban había disminuido considerablemente, ya que se encontraban bastante dispersos. Sin bajar la guardia en ningún momento, los dos duendes dejaron que sus espadas se evaporaran en sus manos,  se retiraron del foco más amplio de la batalla, donde habían estado inmersos, y se subieron al árbol donde previamente había estado posada Dumbaria para tener una mejor vista de todo el lugar y hacer recuento.
“Son pocos”, escucharon los soldados en sus mentes. El pensamiento había sido tan potente, que resultó obvio que la información la habían dado Dumbaria y Jyles a la vez. “Demasiados pocos…al menos los que venían a pie”.
Los soldados siguieron luchando como si nada hubiese interrumpido el pensamiento en sus mentes. Los duendes de la retaguardia se veían rodeados por sus enemigos, y éstos, a su vez, se veían rodeados por las escurridizas dríades. Si habían llegado tan lejos, se debía, sin lugar a dudas, a la fuerza bruta que empleaban.
Los trolls armados con hachas no daban abasto entre las criaturas peludas que quedaban y los trasgos que cargaban contra ellos y contra los silfos protectores de las hadas; los que iban armados con piedras enfocaban todos sus esfuerzos en proteger a los grupos de hadas jóvenes que habían quedado desprotegidas al verse los silfos obligados a pelear.
Viendo que las últimas filas estaban tan agobiadas en su ataque, mientras que las primeras podían luchar en pequeños grupos contra cada adversario, Dumbaria indicó a parte de los duendes y dríades de las primeras filas de ataque que se replegasen hacia la retaguardia, atacando a sus enemigos por la espalda mientras los demás cubrían las suyas. De esta forma, tanto los silfos como los trolls que los ayudaban pudieron reorganizarse para hacer más efectivos sus ataques, y los más heridos encontraron un respiro para recuperar las fuerzas.
Los dragones adultos, los jinetes de los jóvenes y las náyades pensaron con fuerza la información que podían aportar a los dos duendes. “Por aire y agua son más que nosotros”, concluyeron.
“Es una trampa”, les llegó la voz de Dumbaria.
“Hay más, muchos más soldados de a pie. Están escondidos, esperando que nosotros estemos debilitados para atacar”, Añadió la voz de Jyles.
¿Cómo no se habían dado cuenta antes? ¿Cómo habían podido pasarlo por alto? Los orcos y trasgos  eran, por naturaleza, bastante estúpidos; al perder la magia que antaño tuvieron, la evolución había hecho decrecer sus cráneos, por lo que sus capacidades se habían visto reducidas a sus instintos más básicos, y parte de su inteligencia se había convertido en pura fuerza bruta. ¿Habían subestimado la capacidad de estrategia de sus enemigos? ¿Era posible que  estuviesen equivocados, que realmente hubiesen acudido a la batalla todos los orcos y trasgos que debían acudir?
-Tenemos que hacer algo, - le comentó Jyles a Dumbaria en voz alta- no podemos dejar que ganen terreno, que nos debiliten y luego aparezca la retaguardia.
-Tampoco podemos dividir a las tropas  para ir en su busca, sería nuestra perdición -le contestó ella.- Ni siquiera estamos seguros de que haya más.
-Si los hay, debemos detenerlos. Sólo pueden estar escondidos en un sitio, es el único lugar.
Dumbaria le miró a los ojos, con serenidad, intentando adivinar sus pensamientos a través de ellos.
-¿Crees que será suficiente? No sabemos cuántos pueden ser, ¿Crees que podremos con ellos? -preguntó ella, sabiendo ya la respuesta. A pesar de que su rostro se mantenía impasible, una sonrisa altiva se abrió paso entre las comisuras de su boca.
-¿A qué estamos esperando? -fue la respuesta de Jyles tras leer el temblor en los labios de su compañera.
Ambos sonrieron con complicidad, se miraron a los ojos socarronamente, casi con burla, bajaron del árbol de un salto, y empezaron a correr al unísono hacia el este, huyendo de la batalla por donde los adversarios habían llegado.
“¡Seguid luchando!”, ordenaron. “Vamos en busca de la retaguardia. Mantenednos informados sobre lo que ocurre en la batalla. ¡LUCHAD!”

LA GUERRA EN LA NIEBLA VIII


Mientras, en los riscos, Jyles soltó el arco y el carcaj y bajó a tierra. Durante su descenso, como había ocurrido con el de Dumbaria, su anillo se iluminó y dos espadas largas aparecieron en sus manos. Vio, aún desde una de las rocas más bajas, a un orco acercarse a un grupo de silfos. Aprovechando que se encontraba a mayor altura, tomó impulso para saltar desde donde se encontraba hasta el suelo, y aprovechó la inercia de la caída para cercenar los brazos del orco. Sin detenerse a comprobar la efectividad de su ataque, sorteó el cuerpo del orco y corrió hacia donde se encontraban el resto de los duendes, abriéndose camino entre los orcos y trasgos que se habían colado hasta la retaguardia, y ayudando a los duendes, trolls y dríades que se encontraban en apuros, rodeados por más de un enemigo.
Un grupo de silfos que se encontraba defendiendo a las hadas del suelo se apresuró a rematar al orco caído antes de volver a sus posiciones de defensa, pues el enemigo había conseguido avanzar hasta sus posiciones, y se disponía a acabar con las hadas más jóvenes. Los silfos, debido a su menor estatura y envergadura, tenían que pelear en pequeños grupos contra cada adversario, por lo que, aún a pesar de ser pocos los enemigos que habían conseguido llegar a la retaguardia, pronto se vieron en notable desventaja.
Jyles, que recibía los mensajes de socorro de cada grupo, ordenó a una parte de los arqueros que centraran sus flechas en ayudar a los jóvenes silfos; por su parte, los dragones caídos que no podían retomar el vuelo por heridas en las alas, con jinete o sin él, se lanzaron al ataque para defender tanto a los silfos que caían heridos como a los pequeños grupos de hadas que quedaban desprotegidos durante el ataque.
Gracias a la capacidad de los silfos de obtener energía de la Madre Tierra, y gracias a la protección que les ofrecían los dragones que ya no podían volar, cuando un silfo caía herido, y siempre que la herida no fuera mortal, éste comenzaba su propia curación hasta recuperar las energías suficientes para continuar luchando. Sin embargo, ninguno de los atacantes tenían esta capacidad, ya que la habían perdido con el paso del tiempo, al distanciarse de la Madre Tierra, por lo que una vez heridos, sólo podían esperar la muerte.
Poco a poco, los orcos y trasgos que atacaban a los grupos de hadas jóvenes  fueron disminuyendo en número. Los dragones, muy superiores en tamaño y fuerza, desmembraban sin piedad tanto a unos como a otros y, en ocasiones, peleaban contra los lagartos que caían heridos y que amenazaban tanto a los silfos y hadas como a los trolls, duendes y dríades de la retaguardia.
Los silfos se iban reagrupando conforme se iban recuperando, y volvían a la batalla sin un atisbo de duda en el rostro. Gracias a la ayuda de los dragones, pronto pudieron dedicarse sólo a la protección de las hadas y a rematar a algún enemigo ya herido que pudiese seguir luchando, aunque seguían encontrándose en marcada desventaja.
Jyles llegó a las primeras filas de ataque, y pronto se encontró junto a Dumbaria. De repente, sin necesidad de palabras ni gestos, el ataque de los dos duendes se coordinó como si de uno solo se tratase, como si fuese una sola mente actuando a través de dos cuerpos. Las espadas bailaban en sus manos al ritmo que sus dueños les marcaban, sin descanso. Luchaban codo con codo protegiéndose las espaldas mutuamente, apoyándose el uno en la otra para evitar ataques o magnificar los propios.
Los dos duendes habían nacido la última vez que los planetas se habían alineado, hecho muy poco corriente, por lo que, a pesar de ser hijos de padres diferentes, habían nacido como hermanos. Tal era el poder que desprendía la Madre Tierra en el momento del nacimiento, que los dos duendes se vieron envueltos en un halo de energía que más tarde les confirió ciertas capacidades inusuales entre los de su especie. Con el tiempo, y gracias a un duro entrenamiento, habían aprendido a ser uno solo en lugar de dos.
Las mentes de los dos duendes estaban perfectamente coordinadas entre sí, y coordinaban y reorganizaban sin dilaciones las estrategias de ataque de sus tropas conforme les llegaban los informes de situación y daños.