Mi humilde petición

Sería de agradecer que cada cual deje sus comentarios en la entrada que crea oportuna...tanto los buenos como los no tan buenos. Así puedo hacerme una idea de cómo mejorar y en qué aspectos :)

jueves, 14 de junio de 2012

Absurdo

Después de tanto tiempo, saco pluma y pergamino y dejo que la punta de la primera rasgue la fina superficie de segundo bajo las órdenes de mis manos, los deseos de mi mente y la forma inequívoca de las palabras que manan de mis dedos. Es una sensación liberadora.
No hay razón aparente, no hay necesidad acumulada,  ni siquiera sentimiento expresable que me lleven a escribir, no más que el hecho de quererlo, el necesitarlo y que me hace sentir bien… ¿Y para qué más? No es necesario tener razones para tener ganas, igual que no es necesario tener necesidades para quererlo hacer. Es escribir por escribir y sentirte bien para no sentirte mal, una obviedad como un castillo sin necesidad de nada más.
Sentimientos buenos, sentimientos malos  y algunos que ni fú ni fá, ¿qué más da? Sentimientos son, y como tal se van a quedar…a no ser que los escribas. Si los escribes dejan de ser sentimientos para convertirse en algo más, en una forma de expresarlos (absurdo, no lo niego, pero es que soy la reina de la absurdez…o la absurdidad, según se mire).
Palabras, palabras y más palabras, sin sentido alguno o con él (o con sentido alguno y luego al revés). Palabras de vuelta y media (Aticurepac) o palabras de vuelta y mitad (Tacirupeca) que te escriben mil historias, cuatro poemas y cuentos sin contar.
Palabras que a mí vienen, palabras que luego se van…unas dejan su huella y otras pasan si más, pero todas son palabras, y todas se han de usar.
Y como ya no se me ocurre nada, y no tengo ganas de pensar más, concluyo este tema diciendo tralarí-tralará… o ralatrá-rilatrá, ¡dependiendo si lo lees hacia delante o hacia atrás!

lunes, 23 de abril de 2012

María

“¡María, ven aquí, María!”
Ella corre, escapando de sus brazos con una risa angelical. Quiere que él la siga, le gusta el juego.
“¡María, venga, ven conmigo, no corras!”
Ella ha dado media vuelta y ha escapado de él por segunda vez, sin dejar de reírse ni un segundo. Todos la miran. Su pelo vuela tras ella, dando pequeños saltitos sobre las coletas que lo recogen.
Él se ha parado y la mira desde el otro extremo, esperando que ella vuelva, pues no quiere molestar a la gente de su alrededor. Ve como ella se esconde entre la gente hasta que la pierde de vista. Él se acerca sigilosamente, sin hacer ruido, para buscarla. Quiere tenerla vigilada. Al fin da con ella. Ella está de espaldas y no lo ha visto. Él sonríe con ternura y le acaricia el cuello, apenas un soplo de sus dedos sobre la fina piel de ella. Ella se vuelve sonriente, se ríe a carcajadas por el tacto de él. “¡Juan!” grita, alargando mucho la a, y echa a correr otra vez.
“¡María, no corras, ven conmigo, anda!... ¡María, ven aquí, que hay un sitio, siéntate!”
Ella se gira en su huida, lo mira a los ojos y se ríe. Al fin se deja atrapar y se sienta donde él le indica.
Él desplaza su mano por el rostro de ella en una caricia llena de infinito cariño, y ella le responde con su risa musical.
“¿Quieres jugar, María?”
Ella asiente fervientemente, con su sonrisa eterna dibujada en la cara.
“Pi-ka-¡CHU!”
Y ambos sacan las manos. Están juagando a piedra-papel-tijeras.
“Pi-ka-¡CHU! Pi-ka-¡CHU!”
El nombre del pokèmon se repite, incansable, mientras ellos sacan sus manos con la opción elegida. Piedra-papel-tijera.
“Pi-ka-¡CHU!”
Ella ríe cada vez que él silabea el nombre del bicho.
“Pi-ka-¡CHU!”
Ahora también lo ha nombrado ella, a la par que él. Ríe hasta atragantarse. Él la mira, fascinado por la belleza de esas carcajadas y la hermosura de su rostro mientras se ríe. No puede apartar los ojos de su rostro.
“Pi-ka-¡CHU!... ¡Eh, no hagas trampas! ¡Tenemos que sacar las manos a la vez, sino, no vale!”
Ella vuelve a reír ante su travesura.
“Pi-ka-¡CHU!” dicen a la vez.
Él levanta la vista y se da cuenta de que ya han llegado a su parada. Sus ojos recorren el bus, indeciso. No sabe si salir corriendo, o esperar a la siguiente. La mira a ella y parece decantarse por la segunda opción. Es lo más sensato para asegurarme de que ella está bien, dicen sus ojos.
El autobús arranca otra vez.
“Nos hemos pasado la parada María, así que ahora nos tenemos que preparar para salir corriendo, ¿vale?”
Ella asiente, se levanta en el asiento y acaricia el pelo de él. Ha dejado de prestarle atención para mirar la parada que dejan atrás, y ella la reclama. Él acude a su llamada como un rayo, le sonríe, le acaricia el rostro y observa maravillado cómo ella se vuelve a sentar, con su sonrisa perlada compensando la eterna atención de él.
Ya están llegando a la nueva parada. Él la toma entre sus brazos, con delicadeza, como si ella estuviese hecha del más fino cristal.
“Ven aquí, pequeña”, le susurra mientras ella abraza su cuello, encantada, y rodea la cintura de él con sus piernas. No tarda en entrelazar sus dedos en el pelo de él para acariciárselo mientras él la lleva. Él besa el pelo de ella mientras la abraza con ternura, pero con fuerza, como si tuviese miedo de perderla.
Baja del autobús con ella entre sus brazos. Ella sonríe y le acaricia el pelo. Él lleva, además, una mochila a la espalda. No parece que le moleste el peso extra, no mientras sea el de ella. Se alejan por el camino por el que acaban de llegar, despacio. Ella lo abraza con brazos y piernas y acaricia su pelo con una sonrisa. Él la mece suavemente entre sus brazos, con cariño, con amor, asegurándose en todo momento que su hermanita de 5 años con Síndrome de Down está cómoda sobre su pecho y hombros, que no le falta nada.
Y así, abrazados los dos, desaparecen de mi vista y de todos los que, en el bus, los miraban pasmados, sorprendidos por el despliegue de ternura que se profesaban ambos.

jueves, 9 de febrero de 2012

Ella

Vuelve sola, acompañada únicamente por el frufrús de su largo vestido volando alrededor de sus piernas, siendo estas apenas una suave danza sobre el asfalto. Su pelo, negro como la noche que se cierne sobre ella, vuela tras ella, atropellándose unos mechones a otros en su afán por seguir el ritmo de los pasos de su alocada dueña. Sus ojos, normalmente de un tono más bien oscuro, se tornan dorados bajo la luz de la luna Ethëra, la única que brilla esta noche sin estrellas.
Se oyen flautas y violines.
Los alargados pétalos carmines que forman sus labios, carnosos como la pulpa del melocotón, se curvan hacia arriba en una creciente sonrisa de infantil locura, ansia y felicidad.
Acelera aún más el paso; sus delicados pies casi ni rozan el asfalto.
Ríe. La gente a su alrededor cree que ese sonido forma parte de la música, y ríen también.
Bullicio. Cientos de personas giran y bailan y vuelven a girar al son de las flautas y violines, cada vez más rápido.
Se une a ellos. ¿Se une? No, ella no es como los demás, no baila sus pasos ensayados. Atraviesa el tupido círculo de bailarines y llega al centro del mismo. Nadie la ve, nadie presta atención a la dama del vestido de flor. El baile es suyo.
Baila. Cada nota se apodera de sus piernas, de sus brazos, su cadera. Se deja llevar por la música.
Se eleva. Ella no se ha dado cuenta, el resto tampoco, pero sus pies ya no tocan el suelo.
Ríe. La gente admira el sonido de la música, ese sonido que se mezcla con las flautas y los violines. Nadie sabe de dónde viene, pero tampoco le importa a nadie. Es bonito, es dulce. Es música.
Vuela. Se ha elevado tanto que las cabezas de los más altos no llegan a sus tobillos. Aún no se ha dado cuenta, y los demás tampoco. De su espalda nacen dos alas enormes, suficientemente grandes como para cubrirla entera a ella y a dos más, pero tampoco se ha dado cuenta de eso. Ni los demás.
Sus alas son translúcidas, casi transparentes, y están adornadas con finísimas filigranas de plata (… ¿O no es plata?) y diminutas esquirlas de cristal (no, tampoco son de cristal…). La luz de Ethëra atraviesa sus recién adquiridas alas, y brilla.
Un cielo estrellado se abre bajo sus pies, proyectado por sus propias alas, pero ella no se da cuenta; los demás tampoco… “una noche más, como otra cualquiera”, dicen. Y siguen bailando, ajenos al inusual fenómeno que está ocurriendo sobre sus cabezas. Ni siquiera se dan cuenta de que esas nuevas estrellas no son como las que ellos conocen, que brillan más y están más cerca. Les da igual, sólo bailan al son de las flautas y los violines… no, sólo flautas y violines no, hay algo más, una música nueva que nadie sabe de donde viene, un hálito de magia que suena al son de la música. Suena bien, así que a ellos les da igual.
Ella baila, ajena a su baile, a su vuelo; ajena a sus nuevas alas, a su luz y a su propia risa. Ella baila.
Ethëra brilla más esta noche, más de lo que ha brillado nunca antes, y refleja su luz en las alas de ella creando un manto de estrellas que ella no ve.
Ella baila, ajena a todo, ajena a sí misma, ajena al hecho de que su vestido ya no hace frufrús al roce con sus piernas… y es que ya no es su vestido; es otro diferente, más corto, más delicado, más etéreo, como si estuviese hecho de gotas de agua, como sus alas. No, no está hecho de gotas de agua, si no de rayos de luz, haces brillantes que vienen de Ethëra… como sus alas.
Ella baila. Ella brilla. Ella vuela. Ella ríe.
Ella sueña.
El viento le ha regalado su liviandad, y ella baila; Ethëra le ha regalado su luz, y ella brilla; Ethëra le ha regalado sus alas y ella vuela; Las flautas y violines le han regalado su música, y ella ríe.
La noche le ha regalado sus estrellas, y ella sueña.

miércoles, 18 de enero de 2012

Sin razones

No, no soy yo, no suelo ser así ni es esa mi forma de pensar. Pero no puedo evitarlo. Hoy no. Tengo ganas de pegarle a alguien, necesito desahogarme, y candidatos no me faltan.
Me siento tranquila, sin ganas de hacer nada…me siento normal y, sin embargo, no puedo evitar que miles de imágenes  invadan mi mente, imágenes grotescas de caras deformadas por puños de metal. No me invade la ira, no hay enfado en mi interior, ni siquiera sed de venganza ni nada que se le parezca. Sólo imágenes desagradables de las que soy partícipe…eso sí, con total tranquilidad, sin ira, sin rabia.
A ratos ni siquiera es el “quién”, sino el “qué”. Ganas de romper algo, destrozar cosas…cosas importantes, útiles y cuya pérdida pueda causar dolor. Pero sin rabia, sin enfado…sólo por romper algo.
A veces es ambas cosas: romper algo en alguien….o a alguien con algo, qué más da, el caso es causar daño. Dudo que pudiera hacerme sentir mejor (al fin y al cabo ni siquiera estoy mal), pero tiene que ser relajante sacar todo el estrés acumulado a lo bruto. Ahora estoy estresada… ¡hala, toma bestialidad!...ya no, ¿ves qué bien?
Pero no, no funciona así. Las palabras que nunca se dijeron quedarán sin decir, perdidas en un abismo de olvido, pues a veces se pasa el momento de decirlas, la oportunidad, el contexto. La rabia. Las lágrimas que no salieron quedaron secas en unos sentimientos que se tornaron yermos; tampoco se pueden recuperar ya. Cada enfado al que puse excusa quedó sin fuerzas, reprimido por ideas de absurda bondad y desquiciante perdón que tejieron sus lazos e hilos hasta extenuar cada resquicio de ira y convertirla en indiferencia.
Ahora todo quiere salir, recobrar su espíritu, apenas una sombra de lo que un día fue. No, no soy yo, yo no soy así y esa no es mi forma de pensar. Pero hoy no puedo evitar las ganas de pegarle a alguien, sin razón alguna, sólo por pegar.

sábado, 17 de diciembre de 2011

La mentira

Tenía las manos enredadas en el pelo más enredado aún, hecho una maraña de finas y encrespadas tiras color azabache, pues no había dejado de  pegarse tirones y de revolvérselo desde que había empezado a llorar.
De sus ojos brotaban delicadas lágrimas de cristal que formaban continuas cascadas de agua, sufrimiento y sal. Tenía ya los ojos más que enrojecidos de tanto llorar, su mirada, perdida en la lejanía de un horizonte sin marcar, sólo denotaba una honda tristeza difícil de erradicar; parecía que ya se hubiese rendido a lo que tanto la atormentaba, pues no quedaba ni un hálito de esperanza en sus apagadas pupilas.
Las lágrimas, que ya apenas salían con algo de fuerza, mojaban sus ya más que mojadas mejillas, siguiendo los senderos que ya habían marcado las primeras en salir, todas las que habían ido resbalando por aquellas mejillas desde hacía horas…y, a su vez, encabezaban y guiaban a la fila de lágrimas que aún estaban por caer.
Sus hombros se convulsionaron en un sobrecogedor sollozo.
Siguió llorando. Sus redondeadas mejillas, por lo general rosadas, estaban pálidas y churreteadas por las lágrimas, y las mangas de su camisa hacía ya rato que habían dejado de proteger la piel de sus brazos de la avalancha de lágrimas y mocos que le caían encima, pues tenía el rostro semienterrado entre los brazos, con los codos apoyados en las rodillas y las manos revolviendo aún su greñuda melena.
Nada en sus movimientos, en su llanto, nada en su mirada perdida, en la ausencia de luz de sus ojos…nada indicaba que pudiese volver a ser feliz otra vez, que su sonrisa fuese a ver la luz del sol ni siquiera una vez más.
¿Nada?
No, nada no: aún no he descrito sus labios.
Enterrados en el hueco que formaban sus brazos  y piernas con la barriga, sus labios, tan rosados como siempre, formaban una curva ascendente (quizás ligeramente menos pronunciada) que podría dar al traste con su fingido llanto.
Era, de entre todos los humanos, la única persona capaz de mentir con la mirada antes que con el resto de sus gestos: si su mirada era triste y sus ojos lloraban, su sonrisa le delataba; si reía a carcajadas y sus ojos brillaban, la curvatura de sus labios se invertía en una mueca de dolor y sufrimiento si era eso lo que en el fondo sentía. Tal había sido su empeño por no dejar que el resto del mundo leyese su alma a través de sus ojos, delatores universales de sentimientos escondidos, que hubo de olvidarse de controlar su sonrisa. Así fue como sus labios se convirtieron en su mirada, como sus ojos aprendieron el poder de la palabra y sus gestos se volvieron confusos para quien le rodeaba.
Así fue como engañó a la muerte, así ocurrió que engañó al amor. Aún engaña a la propia mentira y, si existiese, engañaría a Dios. Mas hubo alguien, algo, a lo que no pudo engañar jamás: a su propia alma, a su felicidad o dolor.
Vivió entre sollozos, murió entre soledad, y por medio hubo sonrisas de auténtica felicidad…mas su alma sigue virgen, pues sus ojos nunca contaron la verdad y, protegida entre mentiras, corrompió su realidad.


(Pido disculpas por los leísmos: no quería hacer distinción entre chico/chica para que cada cual imagine el género que desee)